11 ago. 2010

La caja que hablaba

   En la esquina de la habitación, justo en donde los rayos del sol mañanero bañaban con su calidez a todo lo que encontraban en el trayecto, estaba la caja que hablaba. Por otra ventana, una fría brisa que no peleaba con los rayos solares, más bien un capricho de la naturaleza, como brindando la opción de calentarse si se tiene frío, o de enfriarse si no, para aprovechar los rayos y finalmente calentarse. Pensándolo bien, quizás capricho de quien sufre la temperatura. 

   Pero ella estaba ahí, sin corpúsculos que le den cuenta del clima cambiante, toda hecha de cartón corrugado, acabado rústico y cuatro solapas como labios gigantes de extraña criatura, que abre y cierra al menor estímulo de presencia humana. Esta presencia era la del hombre que dormía en esa habitación, un amante del orden que llevaba algún tiempo descuidando su hábito y adquiriendo otros. Entre los nuevos estaba el guardar en cajas cosas que no necesita y acumular fuera de las mismas objetos por botar que finalmente nunca eran desechados. Así, cada mañana, cuando la caja que hablaba lo detectaba: 

– ¡Saca, guarda, mete, bota! 

El hombre pegó un brinco, el mismo que pegaba todas las mañanas. 

– ¡Saca, guarda, mete, bota! 

   El hombre colocó una mano sobre su desmarañado cabello y dejó escurrirla sobre su rostro, aún con signos de pesado sueño, el mismo pesado sueño de todas las mañanas. 

– Hoy si saco, hoy si guardo, hoy si meto, hoy si boto ¡hoy sí! –la caja que hablaba ya conocía esa promesa– es que tengo tanto que hacer que no hallo por donde comenzar…hoy sí, hoy sí… 

   Caía la noche y la caja callaba. El hombre se acostaba y la caja no lo detectaba. El sol no calentaba y la brisa no soplaba. Todo en su sitio y, a la vez, fuera de él. La caja en su esquina, mordiendo sus cuatros labios pues sabe que sin el hombre despierto ella no pude hablar. El hombre, entonces, soñó que era una caja y que se veía al espejo y se gritaba ¡saca, guarda, mete, bota! Se despertó con sobresalto, dirigió la vista hacia la esquina, y aguantó la respiración para no molestar a la caja. Lentamente bajó la cabeza y la colocó de nuevo sobre la almohada hasta que se quedó dormido, pero antes se dijo a si mismo que debía resolver su desorden, porque con cada salida del sol la caja volvía a hablarle y todo comenzaba otra vez.
Daniel Henríquez · Septiembre 2009

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