18 dic. 2010

Letras tras letra; palabra tras palabra


Voy a oprimir una sola tecla, pero para decirlo ya habré oprimido​, hasta este punto, sesenta y siete. Algunas, claro​, las oprimí más de una vez. Y no podía ser de otra manera, pues 25 signos gráficos son los únicos con los que contamos para armar las múltiples combinaciones con las que escribiremos infames decretos o sublimes y trascendentales piezas literarias. Punto y seguido. Demasiados caracteres que podría haber resumido con un punto, como el que sigue al final de esta oración. Es cómo en la música, que con unas pocas notas (y no voy a decir siete, porque en realidad son más de siete los sonidos involucrados en el sonoro arte) se hace música tan maravillosa, tan distinta, tan variada, pero también tan mala, comercial y superflua, como esa que frecuentemente nos atormenta en la radio, la tv, el transporte público o los pobres indigentes que usan celular sin audífonos.
Voy a oprimir otra tecla. Y entre ésta y la primera que oprimí, ya he oprimido varias, lo que me ha traido al segundo párrafo de esta disgregación semántica-sintáctica, que más bien se me antoja como un ejercicio de escritura, un poco más avanzado que el eme a, ma, eme i, mi ó erre o, ro, que alguna vez nos enseñaron con aquel librito de gigantes caracteres y rojas y subrayadas sílabas. Y todo esto porque me gusta escribir, pero lo hago poco. Porque soy capaz de imaginar una enorme habitación, de altísimas y blancas paredes, paredes lejanas del centro sobre el cual me encuentro parado, tan lejanas que cuando las ondas sonoras que codificadas por mi cerebro y hechas realidad física por medio de mi aparato fonador, alcanzan el otro extremo, les da flojera devolverse. Imagino esa inmensidad blanca, ese silencio obligatorio, ese agotamiento de los ojos que se esfuerzan por encontrar sobre la retina el reflejo del final. Y se me olvida que estoy encerrado, pero no lo puedo comprobar, sólo recordar que es así.
En la habitación no hay nada. De hecho no hay habitación. Las palabras escritas no son la habitación, son tan sólo unos signos puestos en lugar de la habitación. La habitación la puso usted o debo decir, la imaginó. Porque bien puedo escribir sobre una habitación que he visto, bien puedo escribir sobre una habitación que no existe. Y aunque la habitación exista, sólo es real si usted está en ella, de otro modo, está usted tan sólo imaginando la habitación real, por medio de las palabras que yo escribí. ¿Me sigue? ¡No es cierto! Acabo de voltear y usted no está detrás de mi.
Sigo oprimiendo piezas plásticas desde mi teclado QWERTY. Si no entiende, observe su teclado desde la "Q" y lea hasta la "Y" ¡QWERTY! Sé que el azar podría haberme hecho combinar letras y palabras de manera que hubiera comenzado este texto diciendo: En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme. O quizás: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. O quién sabe: Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Pero no, la primera frase fue "voy a oprimir una sola tecla" con la muy deliberada intención de ponerme a escribir.
Y con esta cuarta vez que oprimo la tecla enter, que cariñosamente llamaba de niño return, comienzo el quinto párrafo. Con esta segunda oración lo continúo; espero ser más coherente con esta oración relacionada. Pero si no lo lograse en esta tercera oración, debería ir pensando en dar por terminado este párrafo que no quiero que se llene de ideas demasiados extensas al punto de que sea difícil distinguir la idea principal de la secundaria sobre todo cuando se dá demasiadas vueltas girando alrededor por todos los lados circunferencialmente con el peligro que implica con eso caer en el punto en que se llega al sitio en el que de manera repetida muchas veces reiteradamente una y otra vez en la redundancia.
Voy a oprimir una sola tecla, esta vez sí, para terminar con una eñe final. Ñ
Daniel Henríquez - Sábado 18 de diciembre - ©2010

27 ago. 2010

***pEnSaMiEnTo FiLoSóFiCo de la SeMaNa***



"Mi gran cuchuchurro...mi cocha pechocha"

24 ago. 2010

[Cuento] *El hombre de la oficina*

   Llegaba muy temprano en su lujoso automóvil ejecutivo y se bajaba con su maletín ejecutivo, su traje ejecutivo, su corte de pelo ejecutivo y su bigotico ejecutivo. Lo primero que hacía, antes de efectuar unas llamadas por su teléfono  ejecutivo, era saludar al personal ejecutivo que trabajaba bajo las ordenes ejecutivas que todos los días impartía. Tras tomarse un café ejecutivo, entrar a su oficina ejecutiva y sentarse en su silla, pues como ya saben, ejecutiva, comenzaba un nuevo día de trabajo ejecutivo, no sin antes leer el periódico ejecutivo que un empleado del mismo tipo, pues, le traía.

   Según su agenda ejecutiva, lo primero que tenía que hacer era asistir a una reunión ejecutiva que tendría lugar en la sala de reuniones para ejecutivos donde se tratarían unos puntos de interes para todos los ejecutivos. Luego, dado lo prolongada de la reunión, se suspendían algunos compromisos ejecutivos, por lo que inmediatamente después se dirigía a un suculento almuerzo ejecutivo en un lujoso restaurante (no para ejecutivos, pero si a donde todos ellos solían ir). En el lugar, un mesonero ejecutivo lo atendía y al final le traía la cuenta, cuenta que sólo un ejecutivo podía pagar. Salía entonces del restaurante, satisfecho de haber disfrutado de tan envidiable almuerzo y se dirigía de nuevo a la oficina donde una recepcionista ejecutiva le daba las buenas tardes. Pero cansado éste como para atender más necedades ejecutivas y luego de firmar algunos documentos ejecutivos sin importancia, se metía en el baño para ejecutivos en donde, por supuesto, hacía (o fingía hacer) sus necesidades ejecutivas. Allí pasaba toda la tarde ejecutiva, esperando que llegara la hora de salida ejecutiva para ¡por fin! al despedirse de su secretaria ejecutiva y abandonar su oficina ejecutiva, convertirse nuevamente en una persona normal.

   Pero una vez puesto un pie sobre la acera, ataviado de normalidad, abría y cerraba intermitentemente sus sudorosas manos, como normalmente solía hacer. De manera simultánea, giraba la cabeza a los lados, decidiendo que lado tomar, mientras recibía los tropezones aleatorios e inevitables de una sobrepoblada concurrencia peatonal, normal para la hora. Mirando un poco hacia la derecha, se protegía con la mano izquierda de la incandescencia vespertina que, desde el cielo y como es normal, lo cegaba todas las tardes. Hoy estaba nublado, no había incandescencias, él no lo notaba y decidía caminar en dirección contraria al astro rey. Su auto estába hacia el otro lado, pero prefiería dar la vuelta a la cuadra y no quemarse las retinas. Instintivamente llevaba su mano al nudo de la corbata, pero se detenía para dar paso a su acostumbrado ritual de mantener la elegancia hasta el fin del día. “Como salí, así debo llegar”, se decía a si mismo normalmente, y con unos breves, casi imperceptibles movimientos laterales, dejaba al nudo en su sitio.

   Al doblar la esquina, sus tres locales favoritos lo esperaban como siempre lo hacían. Una librería, una tienda de discos y una venta de instrumentos musicales. Su amor, casi compulsivo, por los libros, le hacía comprar otros diez títulos que seguramente juntaría con los diez que reposaban en el asiento trasero de su automóvil desde ayer y las otras varias decenas que, esparcidas, invadían los diversos espacios de su casa, como si de desplazados de guerra se tratase. “Sé que este me va a gustar”, se repetía en voz alta después de ojear las solapas interiores, el índice y la contraportada, como hacía con todos los libros que compraba. En la de discos entraba a delirar con las últimas versiones de sus obras favoritas. Las 32 sonatas para piano de Beethoven las tenía ejecutadas por 14 pianistas distintos, si bien la Patética y quizás otra más, en versión de Brendel, eran las únicas que ponía todas las noches, mientras leía la partitura y acariciaba el piano jurándose que por satisfacción personal, terminaría de estudiársela algún día, como también un día dejó la música, lleno de miedo, buscando el estatus y la normalidad que terminó creyendo que un título podía darle. Así que salía de la tienda sin comprar, como solía hacer, ansioso por toda la música que ha descargado de internet y que, por su normal falta de tiempo, nunca terminaba de escuchar. En la tienda de instrumentos musicales nunca entraba, eso lo deprimía; sólo se prometía que habría de aprender a tocar otro instrumento, uno que pueda llevar a todas partes para siemprer tener la oportunidad de practicar. En una gaveta de su habitación lo esperaban una armónica, una ocarina y un xaphoon, especie de flauta dulce con embocadura de saxofón, que sonaba como clarinete: todos nuevos.

   Una vez en el automóvil, cuando la elevada prominencia abdominal lo obligaba a retirar, nuevamente, el asiento del volante, recordaba que tenía algunos meses (¿años?) decidiendo con firmeza que empezaría una rutina de ejercicios porque “ya no es posible esto”, exclamaba al pellizcar, con ambas manos, gruesos rollos de su abdomen. Entonces, lanzaba los libros hacia atrás, no queriendo ver los otros e iniciaba la marcha de regreso a su casa.

   Al llegar, ansioso y con la camisa emparamada, incluso antes de apagar el motor, se llevaba nuevamente la mano al nudo de la corbata para gritar un rabioso y gutural “¡No!” aferrándose fuertemente al volante. Sus erráticos movimientos orbiculares lo mantenían en un trance conductual indescifrable. No uno detrás del otro, sino todos al mismo tiempo, sus pensamientos se le aparecían como espectros en el medio de la frente y paralizado no sabía si bajar los libros, por cuál empezar, si de los diez de ayer, de los diez de hoy, de los cientos regados, cuál disco escuchar, cuáles obras completas de algún compositor terminar de descargar en su computadora, cuándo empezar a soplar la armónica, cuál película ver, cuándo empezar a doblar la primera hoja de papel para hacer la figura base del curso de origami o cuando dejar de utilizar la bicicleta de ejercicios como perchero. Al final, se bajaba con las manos vacías y viéndose en el retrovisor, mientras se aseguraba que cabello y bigote estaban en su sitio, se prometía con convicción “el fin de semana, el fin de semana”.

   Para el fin de semana, se prometía también despejar su habitación de las prendas de vestir que aleatoriamente eran abandonadas a su suerte por todo el lugar, con la excusa del cansancio. Con la misma excusa, se preparaba un par, a veces un trío, de sanduches de pan blanco cuadrado, con sendos trozos de queso, calentados en el horno de microondas, acompañados de un litro, al menos, de té instantáneo sabor a durazno y se dirigía directamente a su habitación. Entre mordiscos a los humedecidos panes por efecto del microondas, se debatía, ante su incapacidad de decisión, entre ver alguna película o empezar a leer algún libro, para indefectiblemente terminar sintonizando el noticiero sin volumen y jugar con su aparato de juegos de video portátil, hasta abandonarlo la conciencia, con el mismo sanduche o sanduche y medio sin terminar, hasta el otro día.

   Eran las cinco de la mañana, cuando su despertador ejecutivo lo despertaba con la barroca melodía con la que había sido programado; ejecutivas mañas que desarrollaban algunos. Se levantaba, dirigiéndose al baño y recordando de una vez, aun sin plena consciencia, que en unas doce horas estaría en unas instalaciones similares esperando dejar la oficina. Aseado, cepillado, peinado y acicalado ejecutivamente, como todas las mañanas, se dirigía al closet, en donde una veintena de trajes ejecutivos lo esperaban para elegir uno de ellos, lo cuál no era difícil porque eran todos iguales. Así que, una vez vestido ejecutivamente, humedecía las ejecutivas puntas de sus dedos medios y alisaba sus ejecutivas cejas, sus muy pobladas y ejecutivas cejas. Y hecho esto último, se dirigía con prestancia y ejecutivo caminar, en caso de que coincidiera con algún vecino,  hacia el estacionamiento en donde abordaría, maletín ejecutivo en mano, el lujoso automóvil ejecutivo que llevaría a este hombre a su oficina.
Daniel Henríquez - Septiembre 1996 (corregido agosto 2009)

22 ago. 2010

(El PODCAST): Episodio Nº6: "Como venía diciendo..."




"Había una vez un podcast muy chiquitico...había una vez un podcast muy chiquitico...había una veeeez un podcast muy chiquitiiico....que parecía, que nunca iba, a publicar..."

  • Duración: 12:00 min.
  • Fecha: 21 de agosto - 2010
En este episodio:
  • Introducción.
  • Palabras preliminares.
  • Cuento corto: La caja que habla.
  • Música; "Marisela" (Aldemaro Romero).
  • Breve intervención de la coral "Del manicomio" interpretando "Muy, muy loco...muy, muy, muy.
  • Patrocinante, final y despedida.


17 ago. 2010

Mis 5 Episodios...a la espera del NUEVO (¡Ta' casi listo!)

Después de siglos y promesas incumplidas, la semana pasada grabé 10 minutos de lo que será el próximo episodio de LQNNC: El Podcast. Si no lo he terminado es por [INSERTE INSULTO AQUÍ]

Mientras tanto y apropósito de que ODEO.COM está caido (aparentemente desde hace mucho) subí todos los episodios anteriores a Blip.tv y creé una playlist en Mixpod.com

Espero que cualquier "transeunte casual" de por aquí, lo provoque escuchar aunque sean 5 minutos de cualquier episodio y tenga cinco minutos de ocioso entretenimiento :-)

La descripción de cada episodio, en las publicaciones anteriores bajo la categoría El Podcast.



MusicPlaylistRingtones
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11 ago. 2010

La caja que hablaba

   En la esquina de la habitación, justo en donde los rayos del sol mañanero bañaban con su calidez a todo lo que encontraban en el trayecto, estaba la caja que hablaba. Por otra ventana, una fría brisa que no peleaba con los rayos solares, más bien un capricho de la naturaleza, como brindando la opción de calentarse si se tiene frío, o de enfriarse si no, para aprovechar los rayos y finalmente calentarse. Pensándolo bien, quizás capricho de quien sufre la temperatura. 

   Pero ella estaba ahí, sin corpúsculos que le den cuenta del clima cambiante, toda hecha de cartón corrugado, acabado rústico y cuatro solapas como labios gigantes de extraña criatura, que abre y cierra al menor estímulo de presencia humana. Esta presencia era la del hombre que dormía en esa habitación, un amante del orden que llevaba algún tiempo descuidando su hábito y adquiriendo otros. Entre los nuevos estaba el guardar en cajas cosas que no necesita y acumular fuera de las mismas objetos por botar que finalmente nunca eran desechados. Así, cada mañana, cuando la caja que hablaba lo detectaba: 

– ¡Saca, guarda, mete, bota! 

El hombre pegó un brinco, el mismo que pegaba todas las mañanas. 

– ¡Saca, guarda, mete, bota! 

   El hombre colocó una mano sobre su desmarañado cabello y dejó escurrirla sobre su rostro, aún con signos de pesado sueño, el mismo pesado sueño de todas las mañanas. 

– Hoy si saco, hoy si guardo, hoy si meto, hoy si boto ¡hoy sí! –la caja que hablaba ya conocía esa promesa– es que tengo tanto que hacer que no hallo por donde comenzar…hoy sí, hoy sí… 

   Caía la noche y la caja callaba. El hombre se acostaba y la caja no lo detectaba. El sol no calentaba y la brisa no soplaba. Todo en su sitio y, a la vez, fuera de él. La caja en su esquina, mordiendo sus cuatros labios pues sabe que sin el hombre despierto ella no pude hablar. El hombre, entonces, soñó que era una caja y que se veía al espejo y se gritaba ¡saca, guarda, mete, bota! Se despertó con sobresalto, dirigió la vista hacia la esquina, y aguantó la respiración para no molestar a la caja. Lentamente bajó la cabeza y la colocó de nuevo sobre la almohada hasta que se quedó dormido, pero antes se dijo a si mismo que debía resolver su desorden, porque con cada salida del sol la caja volvía a hablarle y todo comenzaba otra vez.
Daniel Henríquez · Septiembre 2009

5 ene. 2010

Carajitos eléctricos serán sedados (PRONARAELEC*)



*PRONARAELEC: Programa Nacional de Racionamiento Eléctrico

Caracas, Honduras, Hemisferio Transversal. El Ministerio de Circuitos Escolares con Bombillos de 3.6 Vatios, prohibió expresamente la realización, construcción,  elaboración y/o/u confección de tales proyectos científicos infantiles, en pro del racionamiento de la conducción de cargas eléctricas. "Nos bañaremos con agua fría", dijo el Ministro. "Con fría tu tía", dijo uno de los presentes. Hasta los infantes hiperquinéticos serán regulados. Enamorados no podrán tener "cables pelados" ni "pases de corriente". Serán penadas las sinapsis excesivas. "Pensar es caro y gasta corriente", senteció el enano funcionario. Los que salgan de sus depresiones podrán ver la luz al final del túnel, pero sólo hasta las 9:00 de la noche. Según se supo también, a última hora, se encenderán menos semáforos: uno en Petare, uno en Plaza venezuela y otro en Caricuao, así "el tráfico fluirá  más livianamente y no nos tendremos que detener a cada rato, con el gasto de corriente que acarrea el constante parpadeo tricolor de los corotos eso", dijo el tipo ¿qué tal?