Llegaba muy temprano en su lujoso automóvil ejecutivo y se bajaba con su maletín ejecutivo, su traje ejecutivo, su corte de pelo ejecutivo y su bigotico ejecutivo. Lo primero que hacía, antes de efectuar unas llamadas por su teléfono ejecutivo, era saludar al personal ejecutivo que trabajaba bajo las ordenes ejecutivas que todos los días impartía. Tras tomarse un café ejecutivo, entrar a su oficina ejecutiva y sentarse en su silla, pues como ya saben, ejecutiva, comenzaba un nuevo día de trabajo ejecutivo, no sin antes leer el periódico ejecutivo que un empleado del mismo tipo, pues, le traía. Según su agenda ejecutiva, lo primero que tenía que hacer era asistir a una reunión ejecutiva que tendría lugar en la sala de reuniones para ejecutivos donde se tratarían unos puntos de interes para todos los ejecutivos. Luego, dado lo prolongada de la reunión, se suspendían algunos compromisos ejecutivos, por lo que inmediatamente después se dirigía a un suculento almuerzo ejecutivo en un lujoso restaurante (no para ejecutivos, pero si a donde todos ellos solían ir). En el lugar, un mesonero ejecutivo lo atendía y al final le traía la cuenta, cuenta que sólo un ejecutivo podía pagar. Salía entonces del restaurante, satisfecho de haber disfrutado de tan envidiable almuerzo y se dirigía de nuevo a la oficina donde una recepcionista ejecutiva le daba las buenas tardes. Pero cansado éste como para atender más necedades ejecutivas y luego de firmar algunos documentos ejecutivos sin importancia, se metía en el baño para ejecutivos en donde, por supuesto, hacía (o fingía hacer) sus necesidades ejecutivas. Allí pasaba toda la tarde ejecutiva, esperando que llegara la hora de salida ejecutiva para ¡por fin! al despedirse de su secretaria ejecutiva y abandonar su oficina ejecutiva, convertirse nuevamente en una persona normal.
Pero una vez puesto un pie sobre la acera, ataviado de normalidad, abría y cerraba intermitentemente sus sudorosas manos, como normalmente solía hacer. De manera simultánea, giraba la cabeza a los lados, decidiendo que lado tomar, mientras recibía los tropezones aleatorios e inevitables de una sobrepoblada concurrencia peatonal, normal para la hora. Mirando un poco hacia la derecha, se protegía con la mano izquierda de la incandescencia vespertina que, desde el cielo y como es normal, lo cegaba todas las tardes. Hoy estaba nublado, no había incandescencias, él no lo notaba y decidía caminar en dirección contraria al astro rey. Su auto estába hacia el otro lado, pero prefiería dar la vuelta a la cuadra y no quemarse las retinas. Instintivamente llevaba su mano al nudo de la corbata, pero se detenía para dar paso a su acostumbrado ritual de mantener la elegancia hasta el fin del día. “Como salí, así debo llegar”, se decía a si mismo normalmente, y con unos breves, casi imperceptibles movimientos laterales, dejaba al nudo en su sitio.
Al doblar la esquina, sus tres locales favoritos lo esperaban como siempre lo hacían. Una librería, una tienda de discos y una venta de instrumentos musicales. Su amor, casi compulsivo, por los libros, le hacía comprar otros diez títulos que seguramente juntaría con los diez que reposaban en el asiento trasero de su automóvil desde ayer y las otras varias decenas que, esparcidas, invadían los diversos espacios de su casa, como si de desplazados de guerra se tratase. “Sé que este me va a gustar”, se repetía en voz alta después de ojear las solapas interiores, el índice y la contraportada, como hacía con todos los libros que compraba. En la de discos entraba a delirar con las últimas versiones de sus obras favoritas. Las 32 sonatas para piano de Beethoven las tenía ejecutadas por 14 pianistas distintos, si bien la Patética y quizás otra más, en versión de Brendel, eran las únicas que ponía todas las noches, mientras leía la partitura y acariciaba el piano jurándose que por satisfacción personal, terminaría de estudiársela algún día, como también un día dejó la música, lleno de miedo, buscando el estatus y la normalidad que terminó creyendo que un título podía darle. Así que salía de la tienda sin comprar, como solía hacer, ansioso por toda la música que ha descargado de internet y que, por su normal falta de tiempo, nunca terminaba de escuchar. En la tienda de instrumentos musicales nunca entraba, eso lo deprimía; sólo se prometía que habría de aprender a tocar otro instrumento, uno que pueda llevar a todas partes para siemprer tener la oportunidad de practicar. En una gaveta de su habitación lo esperaban una armónica, una ocarina y un xaphoon, especie de flauta dulce con embocadura de saxofón, que sonaba como clarinete: todos nuevos.
Una vez en el automóvil, cuando la elevada prominencia abdominal lo obligaba a retirar, nuevamente, el asiento del volante, recordaba que tenía algunos meses (¿años?) decidiendo con firmeza que empezaría una rutina de ejercicios porque “ya no es posible esto”, exclamaba al pellizcar, con ambas manos, gruesos rollos de su abdomen. Entonces, lanzaba los libros hacia atrás, no queriendo ver los otros e iniciaba la marcha de regreso a su casa.
Al llegar, ansioso y con la camisa emparamada, incluso antes de apagar el motor, se llevaba nuevamente la mano al nudo de la corbata para gritar un rabioso y gutural “¡No!” aferrándose fuertemente al volante. Sus erráticos movimientos orbiculares lo mantenían en un trance conductual indescifrable. No uno detrás del otro, sino todos al mismo tiempo, sus pensamientos se le aparecían como espectros en el medio de la frente y paralizado no sabía si bajar los libros, por cuál empezar, si de los diez de ayer, de los diez de hoy, de los cientos regados, cuál disco escuchar, cuáles obras completas de algún compositor terminar de descargar en su computadora, cuándo empezar a soplar la armónica, cuál película ver, cuándo empezar a doblar la primera hoja de papel para hacer la figura base del curso de origami o cuando dejar de utilizar la bicicleta de ejercicios como perchero. Al final, se bajaba con las manos vacías y viéndose en el retrovisor, mientras se aseguraba que cabello y bigote estaban en su sitio, se prometía con convicción “el fin de semana, el fin de semana”.
Para el fin de semana, se prometía también despejar su habitación de las prendas de vestir que aleatoriamente eran abandonadas a su suerte por todo el lugar, con la excusa del cansancio. Con la misma excusa, se preparaba un par, a veces un trío, de sanduches de pan blanco cuadrado, con sendos trozos de queso, calentados en el horno de microondas, acompañados de un litro, al menos, de té instantáneo sabor a durazno y se dirigía directamente a su habitación. Entre mordiscos a los humedecidos panes por efecto del microondas, se debatía, ante su incapacidad de decisión, entre ver alguna película o empezar a leer algún libro, para indefectiblemente terminar sintonizando el noticiero sin volumen y jugar con su aparato de juegos de video portátil, hasta abandonarlo la conciencia, con el mismo sanduche o sanduche y medio sin terminar, hasta el otro día.
Eran las cinco de la mañana, cuando su despertador ejecutivo lo despertaba con la barroca melodía con la que había sido programado; ejecutivas mañas que desarrollaban algunos. Se levantaba, dirigiéndose al baño y recordando de una vez, aun sin plena consciencia, que en unas doce horas estaría en unas instalaciones similares esperando dejar la oficina. Aseado, cepillado, peinado y acicalado ejecutivamente, como todas las mañanas, se dirigía al closet, en donde una veintena de trajes ejecutivos lo esperaban para elegir uno de ellos, lo cuál no era difícil porque eran todos iguales. Así que, una vez vestido ejecutivamente, humedecía las ejecutivas puntas de sus dedos medios y alisaba sus ejecutivas cejas, sus muy pobladas y ejecutivas cejas. Y hecho esto último, se dirigía con prestancia y ejecutivo caminar, en caso de que coincidiera con algún vecino, hacia el estacionamiento en donde abordaría, maletín ejecutivo en mano, el lujoso automóvil ejecutivo que llevaría a este hombre a su oficina.
Daniel Henríquez - Septiembre 1996 (corregido agosto 2009)
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