8 ene. 2011

Tráfico de influencias


   Han pasado dos horas desde que el comando antimotines acordonó la plaza del pueblo. Esto implicaba pocos funcionarios, pues la plaza toda era casi del tamaño del pequeño municipio que había organizado el Señora Primera Dama, un concurso para darles que hacer a las esposas de los alcaldes de la aburrida circunscripciónLos funcionarios no han tenido que usar gas lacrimógeno; entre ellos comentan que con la laca en el ambiente ya es suficiente. Peinados desechos y cuentas de collares dispersas por el suelo, dan cuenta de lo caldeados que estuvieron los ánimos más temprano, antes de la intervención policial.

¡Señoras, por favor, señoras! dijo con voz afeminada el presentador del evento– esto podría haberse evitadorecuerden que ustedes son damas de la sociedad, personas decentes, hermosura hecha mujer, decencia ejemplar por donde caminan, donaire y estilo en…
- ¡Callen a la loca! –gritó alguien en la plaza y luego murmurando– o al menos sea sincero y no tan chupamedias.
- Al parecer es hijo de la nuestra –intervino otro observador.
- ¿Nuestra qué, dice usted?
- ¡A pues hombre, nuestra primera doña, como prefiero llamarla!

   El jefe del comando ha pasado las mismas dos horas tratando de contactar al alcalde local. De hecho de los otros alcaldes tampoco se sabe nada. Cruzando la calle, donde la otra acera es ya un municipio diferente, hace rato que se ven circular hombres molestos y mirando hacia la plaza de manera acusadora. Los policías, con sus tapas plásticas como escudos, despliegan extrañas maniobras coreográficas en señal de protección de los presentes. Las Primeras Damas exigen que alguna sea coronada. Entre ellas, en tono desesperado, se dicen que revelarán los fraudes a través de los cuales fueron electos los maridos de las otras, si no son favorecidas. Algunas no saben que también a través de fraudes, muchas de ellas fueron elegidas como esposas, si es que hubo, acaso, oportunidad de elegir.

   Entre los policías se despierta cierto nerviosismo. Ellos, hijos no reconocidos y mal alimentados de muchos de los altos funcionarios del pueblo, están convencidos de que por mucha tapa de pipote como escudo, no podrán con esos barriles macizos que representan las enormes humanidades de las señoras, todas regordetas, todas cachetonas, todas con bigote, todas con verruga, todas un espanto.

   El funcionario a cargo recibe el último comunicado. Se lo acaba de traer un niñito en bicicleta, quien después de entregárselo y sin mediar palabra, señaló a los malhumorados hombres al otro lado de la calle. La nota urgente rezaba acerca de la extraña casualidad entre el concurso, la ausencia de los alcaldes y la curiosa desaparición de muchas de sus esposas. El funcionario mostró la nota a la Primera Dama local, quien la arrugó fuertemente entre sus dedos y la dejó caer. Y respiró aliviada. Mientras su marido y los de las demás estuvieran echando su enésima cana al aire con las funcionarias electorales, esposas de los hombres de los municipios contiguos, su permanencia como primeras damas estaba asegurada.

   La manifestación se disolvió. Hasta disculpas se pidieron por dañarse los costosos peinados. Los collares no importaban, su mal gusto les hacía comprar pura fantasía. La corona se la entregaron al presentador del evento; de algo tenía que servir ser hijo del alcalde.
© Daniel Henríquez · Noviembre 2009

No hay comentarios.: