(Escrito en 1996)
Hubo una vez, en un país imaginario de ingenuos, cuyo parecido con un conocido país (también de ingenuos) no es más que mera y aterrante coincidencia, tres alcancías hermanas decidieron montar, cada una por separado, un negocio que consistía en guardar el dinero los demás con el fin de garantizar que nadie nunca perdiera ni un mediecito. Así, la mayor de las alcancías, astuta y veterana, le dijo a sus dos hermanas menores:
-No metan el dinero de los demás en alcanciuchas de poca confiabilidad, sean ustedes mismas las que guarden el dinero- y éstas, fingiendo una sonrisa, "prometieron" que asi lo harían.
Al poco tiempo ya cada una había establecido su sistema de recolección y almacenaje de dinero. La primera, un poco inmadura y desprendida de responsabilidades, escogió a un viejo colchón como receptor de depósitos, a fin de cuentas era rápido y fácil realizar las transacciones necesarias, que en su mayoría siempre fueron depósitos. La segunda, queriendo emular a la tercera alcanciíta en astucia, pensó que nada mejor que guardarse el dinero en los bolsillos, a fin de cuentas y según ella ¿quién pensaría que cargaría el dinero tan a la mano? Finalmente, la mayor de las hermanas, de mentalidad abierta y equilibrada, hizo lo que las demás debieron hacer desde el principio: guardó dentro de ella los depósitos que le hicieron ¿o es que a caso no era una alcancía?
Entonces, una vez establecidas en el Bosque de Compensación, las autoridades financieras podían vislumbrar casi con absoluta certeza el futuro de la sólidez de cada uno de los sistemas que las tres alcanciítas habían elegido para resguardar lo poco, y a veces insignificante, que los ahorristas les confiaban. Pero como a estas mismas autoridades les aquejaba un síndrome de dejadez, cuando quisieron advertir los riesgos, el temible Banquero Feroz ya había hecho su entrada al bosque. Entrada que presumo estaba estudiada, porque el condenado supo que hacer y a donde ir primero.
Sin pensarlo dos veces, el Banquero Feroz se encaminó hacia la alacancía que utilizó el colchón y con voz prepotente le gritó: ¡Dame todo lo que tengas o soplaré, soplaré y soplaré… y tus ahorros derrumbaré! Efectivamente asi lo hizo, de un fuerte soplido revolvió todo lo que simulaba ser un establecimiento y como si fueran papelillo, del colchón salieron volando miles y miles de billetes que enriquecieron un tanto al hambriento banquero. Luego, satisfecho y codicioso, se dirigió a la segunda alcancía y también con voz prepotente e ínfulas de gran señor le gritó: ¡Dame todo lo que tengas o soplaré, soplaré y soplaré… y tus ahorros derrumbaré! Y nuevamente consiguió hacerse de sustanciosas cantidades de dinero que oportunamente se iría a gastar a latitudes muy lejanas. Por último, cuando se dió cuenta que la mano, no se sabe si por lo abultada en vellos, no le cabía por la rendija de la tercera alcancacía, optó por alejarse varias fronteras del bosque durante un tiempo (tiempo que por cierto no ha definido).
Sin pensarlo dos veces, el Banquero Feroz se encaminó hacia la alacancía que utilizó el colchón y con voz prepotente le gritó: ¡Dame todo lo que tengas o soplaré, soplaré y soplaré… y tus ahorros derrumbaré! Efectivamente asi lo hizo, de un fuerte soplido revolvió todo lo que simulaba ser un establecimiento y como si fueran papelillo, del colchón salieron volando miles y miles de billetes que enriquecieron un tanto al hambriento banquero. Luego, satisfecho y codicioso, se dirigió a la segunda alcancía y también con voz prepotente e ínfulas de gran señor le gritó: ¡Dame todo lo que tengas o soplaré, soplaré y soplaré… y tus ahorros derrumbaré! Y nuevamente consiguió hacerse de sustanciosas cantidades de dinero que oportunamente se iría a gastar a latitudes muy lejanas. Por último, cuando se dió cuenta que la mano, no se sabe si por lo abultada en vellos, no le cabía por la rendija de la tercera alcancacía, optó por alejarse varias fronteras del bosque durante un tiempo (tiempo que por cierto no ha definido).
Hoy día lo que se sabe es que cualquiera que quiera ser alcanciíta tiene que preguntarle al Gobierno Encantado para ver si le aprueba la raja en la espalda, porque eso de querer guardar los reales de los demás no se sabe si es sincera y desinterazada disposición a hacer cosas buenas o es otra bestia feroz con sed de enriquecimiento. . .y colorín colorado esta liquidez se ha secado.





